Las
llamas de la chimenea se estaban convirtiendo en brasas cuando Mariana terminó
de decorar el árbol del cuarto de estar. Tommy se había aburrido de colgar
adornos y estaba dormido en el sofá, con la cabeza sobre la barriga de Coraje.
Las fáciles conversaciones que solíamos tener se perdieron en mí. Nada de lo que venía a mi mente parecía apropiado, y estaba preocupado de molestarla antes de llegar a lo de mi padre.
Juan Pedro Lanzani sabía que Tomy, su hijo de siete años, deseaba con todo corazón que aquella navidades fueran perfectas... tal y como solían serlo antes de que sus padres se divorciaran. Tanto lo deseaba que había llegado a pedírselo a Papa Noel.
Pero cuando la guapísima Mariana Esposito apareció en su puerta, Peter no supo si aquella mujer era la respuesta de las oraciones de su hijo... ¡o a las suyas!
Lali apenas habló mientras empacábamos, aún menos en el camino hacia el aeropuerto. Ella miró al vacío la mayor parte del tiempo a menos que uno de nosotros le hiciera una pregunta. No estaba seguro de si se estaba ahogando en la desesperación, o simplemente se concentraba en el desafío que se avecinaba.
Viernes. El día de la fiesta de citas, tres días después de que Lali sonrió por el nuevo sofá y entonces minutos más tarde dio vuelta la botella de whisky sobre mis tatuajes.
Medio emocionado, medio nervioso como el infierno, entré en la casa de mi padre, mis dedos entrelazados con los de Lali. Humo del cigarrillo de mi padre y mis hermanos provenía de la sala de juegos, mezclándose con el ligero olor almizclado de la alfombra que era más vieja que yo.
La Harley nos llevó a ningún lugar en particular. El tráfico y la esporádica patrulla de policía que se cruzó en nuestro camino fueron suficientes para mantener mis pensamientos ocupados en un principio, pero después de un rato éramos los únicos en la carretera. Sabiendo que la noche finalmente terminaría, decidí que en el momento que la deje en Morgan sería cuando ponga mi último esfuerzo. Independientemente de nuestras citas de bolos platónicas, si continuaba viendo a Gastón, con el tiempo también se detendrían. Todo se detendría.
Al principio, no entré en pánico. Al principio, una neblina soñolienta me proporcionó la suficiente confusión para fomentar una sensación de calma. Al principio, cuando estiré mi brazo por Lali a través de las sábanas y no la sentí allí, sólo sentí un poco de decepción, seguido por curiosidad.